Sántarha se estableció en el reino de Éldiren, era la única de los cinco hijos que no se corrompió por el ansia de dominar todo Sarión, quizás por ser la mayor tenía el instinto de cuidar de sus cuatro hermanos.
Instauró la paz e hizo de su reino un pueblo pacífico que vivía en continua armonía con la naturaleza. Durante mucho tiempo les inculcó la importancia de la familia y de una tierra unida y en paz, y así pasaron muchas décadas, pero el tiempo fue deteriorando sus enseñanzas y poco a poco las alianzas se fueron rompiendo.
Éldiren era esplendoroso, sus habitantes ocupaban toda la parte norte de Sarión, vivían principalmente en casas construidas en los árboles unidas por majestuosos puentes de madera, caña y lianas. Las noches eran iluminadas en las aldeas por pequeñas llamas en candiles distribuidos estratégicamente por todas partes. Tenían un gran sentido estético y cuidaban mucho su imagen pulcra y la estilización elegante de sus movimientos.
Era raro ver a un dárano correr a no ser en batalla. Le daban mucha importancia a la higiene personal que no era muy habitual en el resto de Sarión. Sántarha tuvo una hija, Nívedel¸ la más bella de las mujeres de la antigüedad. Rápidamente los rumores inventados del pueblo se extendieron por toda la tierra, había nacido la princesa de Sarión que derrocaría a todos los reyes y se adueñaría de todos los reinos. Con esta falsa profecía deambulando entre los hombres, Sántarha tuvo que esconder a su hija para evitar que la mataran en los continuos ataques traicioneros que tenía dentro del mismo reino. Nívedel se ocultó en lo más profundo del Bosque de Redlen, su madre construyó un refugio para ella y para los guerreros que la custodiaban.
Ella por su juventud nunca comprendió realmente lo que sucedía a su alrededor, sabía que debía estar escondida de los demás reinos y creciendo en soledad vio en la distancia como poco a poco los hombres se abocaban a su autodestrucción.